Rubem Fonseca acerca de Fonseca

La rubia cabeza de Fonseca
Una breve historia sobre poesías y tabacos



por Rubem Fonseca
Cuando leí este poema de Lorca, hace muchos anos, me quedé intrigado con el significado de aquel verso: “Iré a Santiago con la rubia cabeza de Fonseca”. Escribí en algún sitio que la poesía no tiene que ser entendida y sí sentida, pero los escritores son contradictorios y eso es historia antigua; entonces yo estaba más interesado en entender que en sentir el poema. ¿Qué cabeza sería aquella? ¿Estaba en los hombros de alguien o decapitada? Un día busqué el volumen de Lorca, para leer nuevamente el poema -un buen poema, como se sabe, puede ser leído con placer infinidad de veces- pero no lo encontré.

Hay un desorden tremendo en mis libreros. Casi a diario llegan nuevos libros a mi acervo y, como no hay espacio en los estantes, acaban regándose por toda la casa, lo que contribuye a que nunca consiga encontrar el libro que estoy buscando. Hoy la situación es caótica, pero incluso en aquella época, cuando tenía menos libros, ya el problema era grande. Lo cierto es que me olvidé, por algún tiempo, de la rubia cabeza de Fonseca.

Fumo tabaco desde hace montones de años. Por mucho tiempo mi preferido fue un Pimentel oscuro, negro, que ya no existe, de olor tan fuerte que impregnaba las cortinas, alfombras, ropas, papeles, libros, butacas, paredes: la casa entera. Era el preferido de los buenos macumberos, un tabaco barato, de arquitectura imperfecta (si es que podía llamarse arquitectura a su tosco enrollado) y de combustión tan deficiente que, en una caja de veinte o veinticinco tabacos, apenas unos ocho, a lo sumo, podían ser encendidos correctamente y aspirado su humo. Pero el sacrificio de intentar encender un tabaco y tirarlo sucesivas veces, se veía compensado cuando finalmente uno de ellos ardía de principio a fin proporcionando un placer inefable.

Evidentemente yo no fumaba ese Pimentel negro en presencia de otras personas. Recuerdo que, en cierta ocasión, fui a almorzar con Ruy Guerra, quien estaba interesado en filmar "El cobrador", lo que por desgracia no ocurrió por problemas relacionados con la cesión de los derechos de autor. Después del almuerzo, salimos caminando por la calle, yo con ganas de encender mi apestoso tabaco, aunque no quería ofender el olfato de Ruy, ni siquiera considerando que estábamos al aire libre. De repente Ruy me preguntó: “¿Te molesta el humo del tabaco? El mío es muy fuerte”. Respondí que no. Entonces, Ruy sacó del bolsillo un genuino Pimentel oscuro. Inmediatamente, saqué el que llevaba en mi bolsillo y para felicidad nuestra, los dos tabacos ardieron de manera perfecta, mientras caminábamos con calma y una leve brisa tranquilizaba nuestras conciencias.

Como dije, ese Pimentel negro ya no existe y tal vez sólo yo, Ruy y algunos viejos macumberos lo extrañemos. Luego fumé unos puros bahianos bastante buenos, hasta que un día fui invitado a Cuba a participar como jurado del Premio Casa de las Américas. (Ya escribí con más calma sobre ese viaje, y hablé del encanto del pueblo cubano y de la riqueza cultural de Cuba; y puedo volver a hacerlo en otra ocasión.)

En Cuba, comencé a fumar tabacos cubanos. A quien le gusta el tabaco, después de fumar un puro cubano no logra fumar, con placer, otro que no sea originario de las tierras de Vuelta Abajo. En ese viaje, como en el siguiente que hice algunos años después, permanecí la mayor parte del tiempo en La Habana, pero pasé algunos días, creo que una semana, en Santiago.

"Iré a Santiago con la rubia cabeza de Fonseca", recordé entonces. En Santiago me regalaron una caja de tabacos Fonseca. Cuando la abrí, allí estaba, impreso en colores, en el interior de la tapa, la singular figura de un joven, el Fonseca de rubia cabeza del poema. (Fumé muchos tabacos Fonseca, y confieso que no están entre mis preferidos, pero esa historia queda para después.)

Al volver a La Habana, visité la fábrica Fonseca, fundada en 1891. En las primeras décadas de 1900, los Fonseca eran muy apreciados en España. Lorca debía conocer el tabaco, no sé si lo fumaba, pero ciertamente se impresionó con la figura de la caja. El poeta menciona la rubia cabeza de Fonseca en el poema “Son de negros en Cuba”, que escribió y recitó en Nueva York, alrededor de 1930, cuando estudiaba en Columbia University. Todos los poemas de Poeta en Nueva York están entre los mejores del gran poeta. Lorca tenía un estilo admirable como conferencista y recitador de sus propios poemas. “Son de negros en Cuba” fue escrito para ser cantado y bailado. Me gustaría ver algún día ese espectáculo.

La cabeza de Fonseca




SON DE NEGROS EN CUBA

Cuando llegue la luna llena
iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera.
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser cigüeña,
iré a Santiago.
Y cuando quiere ser medusa el plátano,
Iré a Santiago
con la rubia cabeza de Fonseca.
Iré a Santiago.
Y con la rosa de Romeo y Julieta
iré a Santiago.
Mar de papel y plata de monedas
Iré a Santiago.
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!
Iré a Santiago.
Siempre dije que yo iría a Santiago
en un coche de agua negra.
Iré a Santiago.
Brisa y alcohol en las ruedas,
iré a Santiago.
Mi coral en la tiniebla,
iré a Santiago.
El mar ahogado en la arena,
iré a Santiago,
calor blanco, fruta muerta,
iré a Santiago.
¡Oh bovino frescor de cañavera!
¡Oh Cuba! ¡Oh curva de suspiro y barro!
Iré a Santiago.

Federico García Lorca
Poeta en Nueva York (1929-1930)

Acerca de carta21

historias

Archivo

Suscríbete

RSS | Atom

Contacto

Contactar


Used cars Albergado en:blog-es.com

Noticias: Noticias

Un servicio de HispaVista